La Liturgia de la Palabra

La Liturgia de la Palabra forma, junto con la Liturgia Eucarística, los dos ejes centrales de la celebración de la Santa Misa.

Aunque la expresión “liturgia de la Palabra” es reciente, la realidad que designamos con este nombre se remonta a los mismos orígenes de la Iglesia. Las primitivas comunidades cristianas se reunían no sólo para la “fractio panis”, sino también para leer los escritos del Antiguo Testamento, y más tarde, también los del Nuevo, llamados “memorias de los Apóstoles”. Tenemos certeza de esta práctica a fines del siglo I. 

De ahí se explica el gran desarrollo del rito alcanzado ya a mediados del s. II cuando, según el testimonio de S. Justino, un lector proclamaba las lecturas de los dos Testamentos, el obispo pronunciaba la homilía y los fieles elevaban preces en común.

Desde entonces hasta nuestros días, todas las Iglesias de Oriente y Occidente, han tenido en sumo aprecio la Palabra de Dios. Más aún, no han cesado de ahondar en la comprensión teológica de ambas realidades hasta llegar al enunciado del Vaticano II: “La liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística están tan íntimamente unidas, que forman un solo acto de culto” (SC,56).

Relación entre la liturgia de la Palabra y la liturgia Eucarística

 

Entre la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística existe un nexo salvífico, teológico, cultual y mistagógico. 

 

- Nexo salvífico:

 

“Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee la Sagrada Escritura en la Iglesia, es Él quien habla” (SC, 7). La proclamación de la Palabra de Dios en la Misa no es, por tanto, una simple repetición histórica de unas palabras dichas en el pasado y consignadas en un libro, ni un mero recuerdo de hechos pretéritos sin conexión con el pre-sente; al contrario, Cristo, Palabra Encarnada y heraldo de la Palabra de Dios, hace de la Palabra divina una realidad presente y operante. De ese modo, se pasa de una Palabra que se dijo a una Palabra que se dice, de una Palabra que salvó a una Palabra que salva, de una Palabra que interpeló a una Palabra que interpela hoy y aquí. La Palabra de Dios proclama así la historia de la salvación obrada por Dios y actualiza las maravillas salvíficas en medio del Pueblo de la Nueva Alianza. De este modo, la Eucaristía aparece como lo que realmente es: la cumbre de toda la historia de la salvación, historia compuesta de “obras y palabras intrínsecamente unidas” (DV,2).

 

- Nexo teológico:

 

En la primera parte de la Misa, Jesucristo reparte el pan de su Palabra a sus discípulos, los cuales, si la acogen con fe y amor, entran en comunión íntima con Él y se preparan a participar más consciente y fructuosamente en el banquete sacrificial de su propio Cuerpo y Sangre. La dinámica interna de la Palabra de Dios lleva a la fe, que encuentra su culminación en el sacramento. La Palabra suscita la fe y la fe lleva al sacramento. Y al mismo tiempo, el sacrificio eucarístico, por ser sacramento, exige la fe. Por tanto, la fe –suscitada y exigida- es el vínculo que une liturgia de la Palabra y liturgia Eucarística. 

 

- Nexo cultual:

 

Sólo por muy breve tiempo la liturgia de la Palabra tuvo una existencia independiente de la “fractio panis”. Ya hemos visto cómo formaron una unidad cultual desde finales del s. I. “La liturgia de la Palabra y la Eucarística están tan íntimamente unidas que forman un solo acto de culto” (SC, 56).

 

- Nexo mistagógico:

 

La unidad cultual y la unidad teológica y salvífica, confieren a la liturgia de la palabra un carácter mistagógico respecto de la liturgia sacramental, es decir, tiene un carácter de iniciación, un carácter explicativo de los ritos y de los misterios que se celebran, ayu-dando a poner de relieve la significación de los gestos litúrgicos. La Palabra de Dios anuncia e inicia la Alianza que se realiza plenamente en la liturgia eucarística, actualiza-ción sacramental de la Alianza nueva y eterna realizada por el sacrificio redentor de Cristo.

 

Fuente: 

P. Félix López, S.H.M.

hogardelamadre.org