La homilía

 

En la Constitución dogmática Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II se dice: “Se recomienda encarecidamente, como parte de la misma Liturgia, la homilía, en la cual se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana” (SC,52).

 

Después de la proclamación de la Palabra de Dios en las lecturas, un ministro ordenado, obispo, presbítero o diácono, realiza la homilía. En ella se debe mostrar, de una manera concreta, cómo aplicar a la vida cotidiana la Palabra de Dios que ha sido proclamada. Es propio de la homilía también el explicar las oraciones y gestos de la misma liturgia, para que los fieles puedan conocer con mayor profundidad y participar más plenamente en los misterios que se celebran. 

 

La homilía ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30). Y desde el principio se practicó también en la liturgia eucarística cristiana, como lo testifica San Justino hacia el año 153 (I Apología 67). 

 

El lugar propio para predicar la homilía es la sede o el ambón. Es el momento más alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: "Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia" (Lc 10,16). De ahí que los ministros de la Palabra sientan la responsabilidad de este grave encargo por parte de Cristo y de la Iglesia. El nombre de ministro significa “servidor”, por tanto el sacerdote nunca puede predicar sus propias opiniones, pues su misión es custodiar y transmitir la fe de la Iglesia. ¡La Palabra de Dios no puede ser instrumentalizada!

La predicación de la Palabra no es la mera transmisión intelectual de un mensaje, sino "poder de Dios para la salvación de todo el que cree" (cfr. Rom 1,16) y participa, en cierto sentido, del carácter salvífico de la Palabra misma, y ello no por el simple hecho de que los ministros hablen de Cristo, sino porque anuncian a sus oyentes el Evangelio con el poder de interpelar que procede de su participación en la consagración y misión del mismo Verbo de Dios encarnado. 

Los ministros sagrados pueden decir con Pablo: "Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido; y enseñamos estas cosas no con palabras aprendidas por sabiduría humana, sino con palabras aprendidas del Espíritu, expresando las cosas espirituales con palabras espirituales" (1 Cor 2, 12-13). La predicación queda así configurada como un ministerio que surge del sacramento del Orden y que se ejercita con la autoridad de Cristo.

 

El predicador debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios, debe ser el primer "creyente" de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son "suyas", sino de Aquél que lo ha enviado. Debe ser orante antes de ser predicador. Fruto de la oración personal es una predicación que resulta incisiva no sólo por su coherencia intelectual, sino porque nace de un corazón sincero y orante, consciente de que la tarea del ministro no es la de enseñar la propia sabiduría, sino la Palabra de Dios e invitar con insistencia a todos a la conversión y a la santidad.

La nueva evangelización pide un ardiente ministerio de la Palabra, integral y bien fundado, con un claro contenido teológico, espiritual, litúrgico y moral, atento a satisfacer las concretas necesidades de los hombres. No se trata, evidentemente, de caer en la tentación del intelectualismo que, más que iluminar, podría llegar a oscurecer las conciencias cristianas, sino de realizar una permanente y paciente catequesis sobre las verdades fundamentales de la fe y la moral católicas y su influjo en la vida espiritual.

 

Este anuncio catequético no se puede desarrollar sin el vehículo de la sana teología, pues, evidentemente, no se trata sólo de repetir la doctrina revelada, sino de formar la inteligencia y la conciencia de los creyentes sirviéndose de dicha doctrina, para que puedan vivir de forma coherente las exigencias de la vocación bautismal.

 

El empeño en la formación teológica y espiritual por parte de los ministros es ineludible y su importancia enorme. Es necesario, pues, que en el ejercicio del ministerio de la Palabra quienes lo realizan estén a la altura de las circunstancias. Su eficacia, basada antes que nada en la ayuda divina, dependerá de que se lleve a cabo también con la máxima perfección humana posible. Un anuncio doctrinal, teológico y espiritual renovado del mensaje cristiano —anuncio que debe encender y purificar en primer lugar las conciencias de los bautizados— no puede ser improvisado perezosa o irresponsablemente.

 

La fuente principal de la predicación debe ser, lógicamente, la Sagrada Escritura, profundamente meditada en la oración personal y conocida a través del estudio y la lectura de libros adecuados. La experiencia pastoral pone de manifiesto que la fuerza y la elocuencia del Texto sagrado mueven profundamente a los oyentes. La consideración, además, de la vida de los santos —con sus luchas y heroísmos— ha producido en todo tiempo grandes frutos en las almas cristianas.

 

La predicación sacerdotal debe ser llevada a cabo, como la de Jesucristo, de modo positivo y estimulante, que arrastre a los hombres hacia la Bondad, la Belleza y la Verdad de Dios. Los cristianos deben hacer "irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo" (2 Cor 4, 6) y deben presentar la verdad recibida de modo interesante. Sería dañoso ocultar la fuerza de la plena verdad “por no disgustar a los oyentes”. 

 

Los que escuchan la Palabra deben mantener aquella disposición de la que habla S. Agustín: «Toda la solicitud que observamos cuando nos administran el cuerpo de Cristo, para que ninguna partícula caiga en tierra de nuestras manos, ese mismo cuidado debemos poner para que la palabra de Dios que nos predican, hablando o pensando en nuestras cosas, no se desvanezca de nuestro corazón. No tendrá menor pecado el que oye negligentemente la palabra de Dios, que aquel que por negligencia deja caer en tierra el cuerpo de Cristo» (ML 39,2319). En la misma convicción estaba San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).

 

Fuente: P. Félix López, S.H.M.

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