Santo, Santo, Santo...

 

El Sanctus llegó a ser una parte integral de la Plegaria Eucarística (La Oración de Acción de Gracias) tanto en el Oriente como en Occidente desde antes del año 400. Con él concluye la parte variable de la oración llamada prefacio. Su texto está compuesto de dos secciones, ambas inspiradas en la Escritura. Las dos concluyen con la frase: “Hosanna en el cielo”.

 

La yuxtaposición de ambas partes subraya dos aspectos muy diferentes de Dios. En la primera parte sobresale el asombro y el sobrecogimiento ante la majestad divina, y en la segunda, la humildad de Jesús, el Dios hecho hombre.

 

“Santo, santo, santo es el Señor, 

Dios del universo.

Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Hosanna en el cielo.

Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Hosanna en el cielo”.

 

Santo es el nombre mismo de Dios, y más y antes que una cualidad moral de Dios, designa la misma calidad infinita del ser divino: sólo Él es el Santo (Lev 11,44), y al mismo tiempo es la única «fuente de toda santidad» (PE II). 

 

La primera sección de esta plegaria, evoca la imagen del Dios trascendente sentado en su trono y la incesante liturgia que le rodea, tal como la encontramos descrita en el libro del profeta Isaías y en el Apocalipsis. En el relato de Isaías, el profeta es iniciado en su vocación carismática por medio de una terrible visión celestial: “En el año de la muerte del rey Ozías, yo ví al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro: “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria”. “Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo. Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros; y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!”. (Isaías 6: 1-5)

 

Al final de esta escena uno de los serafines utiliza un tizón ardiente que había tomado de encima del altar y quema la culpa de Isaías purificando sus labios. 

 

El vidente del libro del Apocalipsis sufre una experiencia similar y hace una consciente alusión al pasaje de Isaías: 

 

“En ese mismo momento, fui arrebatado por el Espíritu y vi en el cielo un trono, en el cual alguien estaba sentado. El que estaba sentado tenía el aspecto de una piedra de jade y de ágata. Rodeando el trono, vi un arco iris que tenía el aspecto de la esmeralda. Y alrededor de él, había otros veinticuatro tronos, donde estaban sentados veinticuatro Ancianos, con túnicas blancas y coronas de oro en la cabeza. Del trono salían relámpagos, voces y truenos, y delante de él ardían siete lámparas de fuego, que son los siete Espíritus de Dios. Frente al trono, se extendía como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono y alrededor de él, había cuatro Seres Vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Ser viviente era semejante a un león, el segundo, a un toro; el tercero tenía rostro humano; y el cuarto era semejante a un águila en pleno vuelo. Cada uno de los cuatro Seres Vivientes tenía seis alas y estaba lleno de ojos por dentro y por fuera. Y repetían sin cesar, día y noche: “Santo, santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que vendrá” (Apocalipsis 4: 2-8)

 

La segunda parte del Sanctus tiene su origen en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. El relato describe la sorprendente imagen de un Dios humilde llegando a la Ciudad Santa montado en un asno en medio de las aclamaciones del pueblo que se alegraba por la llegada de la salvación: 

 

“Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: “Id al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontraréis una asna atada, junto con su cría. Desatadla y traédmelos Y si alguien os dice algo, responded: “El Señor los necesita y los va a devolver enseguida"” Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Decid a la hija de Sión: Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre una asna, sobre la cría de un animal de carga. Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mateo 21: 1-9) 

 

La aparente contradicción en el retrato de Dios en las dos secciones del Sanctus se debe a la naturaleza profética de la primera y la naturaleza escatológica de la segunda. Jesús aparece como el profeta humilde que llega a una ciudad que le rechazará y le ejecutará. Pero también es el vocero de Dios que anuncia el nuevo tiempo, y que desgarra el cosmos al destruir la distinción entre lo puro e impuro. Entra en el Templo y expulsa a los cambiadores de monedas que habían convertido la casa de Dios en una cueva de bandidos. Si el pueblo no hubiera gritado su alabanza, seguramente las piedras mismas lo hubieran hecho. (Lucas 19:40)

 

En la celebración de la Eucaristía, memorial sacramental de la Muerte del Señor, el pueblo cristiano dirige a Jesús las mismas aclamaciones que el pueblo le dirigía a su entrada en Jerusalén, cuando se disponía a vivir la Pasión.

 

El Sanctus fue cantado frecuentemente por la totalidad de la asamblea litúrgica tanto en la Antigüedad como en la Edad Media. Carlomagno ordena que se cantara tanto por los clérigos como por los fieles en su Admonitio generalis dirigida a su reino en el año 789. 

 

El Prefacio, y concretamente el Santo, es una de las partes de la misa que más pide ser cantada. A propósito de esto conviene recordar la norma litúrgica, no siempre observada: «En la selección de las partes [de la misa] que se deben cantar se comenzará por aquellas que por su naturaleza son de mayor importancia; en primer lugar, por aquellas que deben cantar el sacerdote o los ministros con respuestas del pueblo; se añadirán después, poco a poco, las que son propias sólo del pueblo o sólo del grupo de cantores» (Instrucción Musicam sacram 1967,7).

 

Fuente: P. Félix López, S.H.M.

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