PROCESIÓN DE ENTRADA. Celebración de la Solemnidad de la Madre de Dios, 1 de enero. Basílica de San Pedro, Vaticano, Roma.

PROCESIÓN DE ENTRADA. Pquia. Santa María Goretti, Curitiba, Brasil.

La entrada del celebrante y el canto que lo acompaña

por P. Félix López, S.H.M.

A finales del S. IV o comienzos del V se introdujo la entrada solemne del pontífice en la basílica, adquiriendo muy pronto la forma de cortejo. Algunos atribuyen al Papa Celestino I (422-431) la incorporación del canto de entrada. Aunque se desconoce la fecha exacta de la incorporación, ya existía en el S. V. Durante mucho tiempo fue un salmo cantado, con una antífona del mismo salmo, pero luego quedó reducido a una antífona. Actualmente “puede emplearse para este canto o la antífona con su salmo u otro canto acomodado a la acción sagrada o la índole del día o del tiempo litúrgico” (OGMR, 26).

 

Se trata de un canto procesional, solemne y festivo, que corresponde al pueblo, y “abre la celebración, fomenta la unión de quienes se han reunido e introduce sus pensamientos en la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta” (OGMR, 25). Con frecuencia es un canto de apertura que no acompaña a ninguna procesión hasta el altar porque se trata de una celebración cotidiana o porque se realiza en un lugar poco espacioso.

Fuente: hogardelamadre.org

¿Por qué el sacerdote besa el altar?

El gesto de besar el altar al principio de la Misa es una señal de veneración a Cristo ya que el altar representa a Cristo. Los Santos Padres enseñan que Cristo fue, al mismo tiempo, "la víctima, el sacerdote y el altar" de su sacrificio al Padre. De ahí que en todas nuestras iglesias “Cristo es altar” en torno al cual se reúne el pueblo cristiano. Nada tiene que ver con el beso de Judas al traicionar a Jesús en el Huerto de los Olivos. Se venera el altar con el beso y con el incienso.

El rito de entrada al iniciar al Misa es muy importante. Con él, los fieles toman conciencia de la acción que está comenzando, son introducidos al misterio pascual y son invitados a reconocerse como asamblea que peregrina hacia Cristo simbolizado por el altar. Este rito comprende la solemne procesión de entrada con cruz alta, ciriales e incienso, acompañada del canto. El sacerdote y los ministros saludan al altar con la reverencia, el beso y la incensación. El signo de la cruz inicial acompañado de las palabras de la fórmula trinitaria bautismal, a la que la asamblea responde "amén", es un reconocimiento solemne de que somos discípulos de Cristo. Luego el sacerdote, vuelto hacia el pueblo con los brazos extendidos, lo saluda, anunciando a la comunidad reunida la presencia del Señor.

Es muy amplio el número de gestos rituales de la Misa. La postura uniforme seguida por toda la asamblea es un signo de comunidad y de unidad. El estar de pie signo por excelencia del Resucitado – es la actitud de quien ora a Dios y de que estamos atentos a su palabra. El estar sentados es la postura de quién escucha atentamente al que enseña. Y el estar de rodillas es signo de penitencia y también de intensa oración.

Fuente: infovaticana.com

INCENSACIÓN DEL ALTAR

INCENSACIÓN DEL ALTAR

SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA ALTARR.jpg

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INCENSACIÓN DEL ALTAR

INCENSACIÓN DEL CRUCIFIJO

INVOCACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Saludo a la comunidad cristiana

por P. Félix López, S.H.M.

Después de venerar el altar, reservado al sacrificio, desde la sede el “sacerdote y toda la comunidad hace la señal de la cruz” (OGMR, 28). Es un gesto introducido por mandato de Pablo VI. 

 

La señal de la cruz, unida a la fórmula “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” acompaña el comienzo de todas las celebraciones cristianas, por eso no podía faltar en la celebración cristiana por excelencia: la Eucaristía. El gesto recuerda que el sacrificio de Cristo es la fuente de toda santificación, mientras que la fórmula es un acto de fe en la Santísima Trinidad y una súplica a las tres personas divinas. Gesto y fórmula manifiestan que los fieles no se reúnen por propia iniciativa, ni en nombre propio, sino en nombre de Dios Trino.

 

Realizada la señal de la cruz, el ministro y los fieles se intercambian un saludo, por el cual “el sacerdote manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo se pone de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada” (OGMR, 28).

 

El Misal emplea tres fórmulas de saludo inspiradas en la Sagrada Escritura, especialmente en las cartas de los Apóstoles. El saludo es una promesa de salvación por parte de Dios. La respuesta de la comunidad no es un gesto de benevolencia hacia la persona del ministro, sino una respuesta al ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios. Se desea que el Señor esté con “el espíritu” del ministro (no el alma -dice S. Juan Crisóstomo- sino el Espíritu que ha recibido por la imposición de las manos) para que realice bien su ministerio.

 

El saludo del ministro y la respuesta de los fieles manifiestan la estructura de diálogo de la celebración eucarística. Desde el principio, la celebración eucarística es un anuncio de la Palabra y de la salvación de Dios, de su gracia. Por parte del hombre, debe haber una adhesión y una acogida llena de gratitud. Cada hombre debe acoger desde su libertad la salvación y el amor que Dios le ofrece.

Fuente: hogardelamadre.org