Las Intercesiones

La Comunión de los Santos es un dogma de fe católica por el que creemos que estamos unidos a los demás cristianos como miembros de un mismo Cuerpo, unidos a nuestra Cabeza que es Cristo. Muchas de las gracias que hemos recibido se deben a la intercesión y oraciones de otros cristianos, muchas veces escondidos y desconocidos, en favor nuestro. 

 

En la celebración de la Misa, que es la oración por excelencia, se realizan intercesiones de unos por otros, por los vivos y difuntos, y por el mundo entero. En las Plegarias Eucarísticas se incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Estas oraciones se llaman intercesiones. Por ellas vivimos de modo intensísimo el misterio de la Comunión de los Santos.

Estas oraciones se llaman intercesiones porque en ellas ponemos como intercesores a la Virgen María y los santos. Las Intercesiones, “dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo” (OGMR, 72).

 

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca:

 

-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»; 

 

-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»; 

 

-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la Eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad». 

 

La caridad cristiana se dilata sin fin en la Misa alcanzando a todos los hombres. Se confía con audacia a la misericordia de Dios: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».

 

El recuerdo de los difuntos en la celebración de la Eucaristía y el hecho de ofrecer Misas por ellos, nos muestra esa caridad activa de la Iglesia en favor de sus hijos. Ella, como buena Madre, nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la Misa y en la última de las preces de vísperas, y nos recomienda ofrecer Misas en sufragio de aquellos que esperan ser purificados para llegar a la visión de Dios. Es una gran obra de caridad hacia ellos.

 

Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, "que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados" (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo: «"Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores..., presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres" (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (CEC, 1371).

 

Dilatemos nuestra caridad junto con la Iglesia, oremos por todos, por los vivos y los difuntos, sabiendo que tenemos una comunión vital con ellos en Cristo. Oremos por aquellos que nos son más queridos, y oremos también por los que no nos quieren bien, por nuestros enemigos, como Jesús nos enseñó desde la cruz. Al fin y al cabo, la Misa es el memorial de la muerte y resurrección de Aquel “que murió por los impíos”. Cristo, cuando todavía éramos enemigos, “nos ha reconciliado con Dios”. 

 

“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 43-48).

 

Fuente: P. Félix López, S.H.M.

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