TIEMPO DE PASCUA-PENTECOSTÉS

Espíritu de los Hijos de la Sagrada Familia

Costumbres y Prácticas Espirituales, 1995


 

La Resurrección, fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza: La resurrección constituye la confirma-ción de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al hombre, encuen-tran su justificación si admitimos que Cristo, al resucitar, dio la prueba definitiva de su autoridad según lo había prometido. Es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, la confirmación de la divinidad de Jesús, el principio y la fuente de nuestra resurrección futura.

 

La Pascua de Cristo nos abre al acceso a una nueva vida, justificados por su gracia. El Padre nos adopta como hijos y hermanos de Cristo en su propia Familia. La Iglesia, con la resurrección del Señor, reconoce la legitimi-dad de toda esperanza y estimula todas las iniciativas para alcanzar un futuro feliz. El cristiano es un portador de esperanza en un mundo que sólo ansía el bienestar de lo inmediato.

La vida nueva en comunión familiar con los hermanos: La vida nueva que nos ha traído el Resucitado no queda reducida al ámbito estrictamente privado sino que es una comunión gozosa con los hermanos. La Pascua nos enseña esta gran verdad y nos proporciona esta experiencia fundamental: es en la familia de la Iglesia donde podemos reconocerlo. La Palabra de Dios y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, actualizan la presencia de Jesús y hacen posible la comunión con los hermanos.

Los Hijos de la Sagrada Familia no olvidamos que la Iglesia, reunida en el cenáculo, oraba con María cuando la Pascua alcanzó su cenit el día de Pentecostés. Y compartimos el pan de la Eucaristía, estando sentados en la mesa familiar de Nazaret.

Docilidad al Espíritu: Cristo, con su muerte y su resurrección, nos ha redimido de la esclavitud y nos ha dado un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Rm 8,15). “Por eso somos hijos y también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,17). Acogemos con docilidad al Espíritu, protago-nista y alma de la Iglesia. En el amor recibido del Espíritu hallamos la fuerza para realizar una opción fundamental que nos otorga la vida y nos impulsa a darla también por los hermanos.

Nuestra congregación, vida pascual: En la Pascua descubrimos el sentido, la fuente y la meta de nuestra vida consagrada. En la Pascua está la fuente de nuestro ser y nuestra misión. En la Pascua nuestra comunidad nace como comunidad renovada de la nueva y eterna Alianza. Llamados a vivir en la propia carne el misterio pas-cual, nos identificamos con la muerte y resurrección de Jesús, por quien optamos en nuestra consagración religiosa, expresada a través de los tres votos. La obediencia nos hace siervos dóciles a la divina voluntad, a ejemplo de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. La pobreza nos ayuda a renovar la opción única y definitiva de imitarle. Por la castidad, que es fuente extraordinaria de fecundidad, anticipamos la Pascua definitiva.

COSTUMBRES Y PRACTICAS ESPIRITUALES