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  • JULIO GONZALEZ, SF

Raíces próximas de nuestro carisma: una llamada a ser familia

por José María Blanquet, S.F.

Las raíces próximas de nuestro carisma, tanto en virtud de la creación como del misterio de Nazaret, se desarrollan a lo largo del Nuevo Testamento: el Hijo de Dios "se hace carne" (Jn 1,14) y entra a formar parte de la familia humana, dentro del matrimonio y el hogar de María y José.

"He aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, igual que en la entrada en el Antiguo, se erige una pareja. Pero mientras que la de Adán y Eva fue la fuente del mal que se esparció por el mundo, la de José y María es la cumbre desde la que se expande la santidad sobre la tierra. El Salvador comenzó su obra de la salvación por esta unión virginal y santa donde se manifiesta su voluntad todopoderosa de purificar y santificar la familia, este santuario del amor y esta cuna de la vida" (Pablo VI, a los esposos).

El matrimonio de María y José, un matrimonio israelita, enmarcado en una legislación, cultura, religión e instituciones bien concretas, ya es, por sí mismo, símbolo de la Alianza entre Israel y Yahvé. Por ellos se cierra la etapa marcada por la desobediencia y el pecado, y se abre la de la escucha confiada, del acoger la obra del Espíritu y de la gracia.

Así, por María y José, Cristo se entronca con el pueblo de Israel; más concretamente con la estirpe de David, de cuya descendencia debía nacer el Mesías (1Sm 7). Ambos, José y María, si bien con unas modalidades bien específicas cada uno, fueron elegidos por Dios para ser puente y punto de enlace con Cristo, el Mesías, el hijo del hombre que ha venido "para dar plenitud a la Ley y a los Profetas". La Familia de Nazaret fue así también germen y semilla de la Nueva Alianza.

El hecho de que el Hijo de Dios se haga miembro de una familia humana nos revela algo fundamental en cuanto a nuestra integración en la familia de Dios como medio de salvación, y en cuanto a la misión salvífica de toda familia.

Y en cuanto a la vida de la familia en Nazaret, llama poderosamente la atención ver cómo Jesús se sujeta libre y amorosamente a María y a José (obediencia) y vive con ellos una forma virginal y pobre (virginidad, pobreza) en una comunión de amor y trabajo (castidad, contemplación, acción), como si cada una de estas virtudes fuese una pieza del mosaico propuesto por Dios para la vida duradera de toda la familia cristiana. Son las mismas exigencias que ya se vislumbran en la formación de la familia inicial de la familia de Dios en el Antiguo Testamento.

Lo que llamamos, pues, consejos evangélicos, tienen una función indispensable para conseguir la reconciliación y la unificación del género humano en una sola familia. Es por medio de este proceso que Jesús, María y José, sin que dejaran de ser las personas humanas que son, forman juntos una auténtica familia, precisamente en aquel nivel divino al que Dios llama a toda la humanidad a convivir con Él y a formar familia con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La Familia de Nazaret vive y comparte una comunión amorosa de vida, de oración y de trabajo; de dicha comunión emerge la llamada, la identidad y la misión. Este trinomio —vida-llamada, oración-identidad, acción-misión— tiene sus raíces en la experiencia del Éxodo y en la trabajosa formación de la familia raíz de Dios en el Antiguo Testamento.


Por consiguiente, es en Nazaret en donde descubrimos, en su forma profética, el estilo de vida propio de nuestro ser familia, como miembros de la humanidad redimida en Cristo y el testimonio especial de las virtudes que son indispensables para la comunión familiar según el plan de Dios, que nos toca ofrecer al mundo.

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